o
Nuevos prolegómenos a una teoría de las relaciones entre
fordismo, fragmentación y vanguardia
Este
trabajo estudia en primer término la posibilidad de fijar en el
Renacimiento italiano uno de los orígenes o puntos de
inflexión
de las características que Fredric Jameson atribuye a la obra de
arte moderna en “The Cultural Logic of Late Capitalism”. Más
específicamente,
el ensayo discutirá algunas concepciones y manifestaciones del
fragmento
en la estética y el arte occidental de la modernidad, con la
intención
de ampliar y trasladar críticamente la periodización
retrospectiva
que el teórico estadounidense proyecta en su análisis de
la posmodernidad, a un momento previo como es el de los siglos XV y
XVI.
Sobre la base de tal discusión, volveremos a las tesis de
Jameson
sobre las vanguardias, con la esperanza de que el recorrido previo haya
permitido establecer un marco de discusión más rico a la
hora de revisar tanto el lugar histórico que les atribuye como
la
interpretación que hace de las figuras y funciones del fragmento
y la fragmentación en ese momento de la estética
occidental.
Creemos
que el interés de tal intento es doble. En primer lugar,
él
puede tener algo que aportar en el terreno estrictamente
filológico,
esto es:en nuestra comprensión
de lo que en español suele llamarse “las vanguardias
históricas”
y en inglés “Modernism”, y a lo que por nuestra parte preferimos
referirnos, de la manera más neutra posible, como “las
prácticas
artísticas renovadoras de fines del siglo XIX y comienzos del
XX”,
o bien “la estética de la época del primer fordismo”.
Nuestro
interés es menos contribuir a la periodización de la
llamada
“Historia del arte”, disciplina cuya mera existencia motiva diversos
cuestionamientos[1],
que contribuir a un proyecto de más largo aliento sobre las
relaciones
entre los modelos y prácticas estéticas y los modelos y
prácticas
industriales en torno a los primeros años del siglo XX.
Concretamente,
nos interesa discutir la relación, mencionada muy someramente
por
Jameson, entre el taylorismo y la fragmentación presente por
doquier
en el arte de esos años.
En segundo lugar, junto con las ventajas de orden filológico, la discusión que proponemos puede tener algo que aportar sobre la situación estética y cultural contemporánea, en la medida que, tal como Jameson y otros han sostenido con frecuencia, ella debe pensarse con relación a lo ocurrido a partir de fines del siglo XIX. Este último aspecto instala un nuevo problema: el de si por “contemporáneo” debemos entender lo que suele llamarse posmodernidad o bien algo que de alguna manera estaría situado, en algún o algunos sentido/s, “después” de lo posmoderno. Esta es una de las cuestiones que no abordaremos, pero para cuyo posterior examen creemos que el presente trabajo puede resultar útil.
El desarrollo de estos procesos parece remontarse muy lejos en el tiempo. Jameson menciona a Warhol como ejemplo de un universo que, comparado con el de Van Gogh, aparece como mucho más fragmentado e inorgánico, pero antes de eso ha mencionado asimismo que una de las cosas que confieren su poder sugestivo al cuadro del pintor holandés es la forma en que nos presenta el mundo a través de -o mejor, en- un fragmento:
the willed and violent transformation of a drab peasant object world into the most glorious materialisation of pure color in oil paint is to be seen as a Utopian gesture, an act of compensation which ends up producing a whole new Utopian realm of senses, or at least of that supreme sense -sight, the visual, the eye- which it now reconstitues for us as a semiautonomous space in its own right, a part of some new division of labor in the body of capital, some new fragmentation of the emergent sensorium which replicates the specializations and divisions of capitalist life at he same time that it seeks in precisely such fragmentation a desperate Utopian compensation for them. (“Cultural” 7)
Dado que el interés de Jameson es lo que él llama el “late capitalism”, en su ensayo la historia moderna del fragmento no se remonta más allá de la segunda mitad del siglo XIX, antecedente directo de los desarrollos que le ocupan. Sin embargo, el proceso del que habla es, como aclara desde un principio, de larga data.[4]
Ahora bien, si el mundo tardomedieval, con su lógica de compartimentaciones feudales y su fragmentación ha podido ser integrado en una visión como la del viaje dantesco, el poder centralizado de la ciudad-estado desde cuyos márgenes escribe Maquiavelo no podía sino conducir al estallido. Es lo que el lector moderno encuentra apenas disimulado en la aparente unidad y firmeza que manu militari quiere imponer El Príncipe: exactamente la misma sofisticada unidad que es en sí misma (en su potencia descomunal, potencia de poder centrípeto, aglutinante, que incluye al mismo tiempo las condiciones del estallido), una garantía de desarticulación inminente de la unidad. Es esta promesa de tensión a punto o ya en vías de echar abajo el modelo renacentista clásico la que por la misma época se encuentra en la obra de Miguel Ángel. En esos breves años que van del imperio de Leonardo y Rafael al de Miguel Ángel se clausura el primer momento de la unidad moderna, ya no dantesca sino humana.[7] Es sintomático que al mismo tiempo que Buonarroti daba un giro de timón a la historia del arte florentino (y a la del realismo del arte occidental), abriendo la puerta del Manierismo, Leonardo se trasladara a Francia, en gran parte a causa de los vaivenes político-militares italianos, llevándose la Gioconda a cuestas y sin poder ejecutar el monumento a Francesco Scorza: la simbiótica relación entre unidad estatal y unidad simbólica -monumento ecuestre del gobernante, retrato de caballete del individuo- se confirma como definitivamente inviable. La partida de Leonardo y la renovación estilística introducida por Miguel Ángel fechan el fin del modelo renacentista “clásico”, que ha quedado como paradigma del humanismo y que, cuando se revisan las fechas, resulta haber durado menos de 30 años.[8]
El modelo leonardesco-rafaeliano sólo es posible en el marco de una “superación” del hieratismo medieval que tanto marca todavía a la obra de Piero della Francesca. Es a esto que podemos llamar “realismo”, tal como propone Jameson. Pero es ese realismo el que al mismo tiempo impide pensar el mundo como algo pasible de ser representado por la vía de la unidad armónica. En otras palabras, lo que permite pintar la Gioconda es lo mismo que impide que algo como la Gioconda pueda seguir siendo pintada. Es preciso preguntarse por qué un paradigma que se demostró tan poderoso y fue tan fecundo (en su momento y en muchos otros, hasta nuestros días), no duró más de treinta años. Ello se debe, en cierta medida, a que las condiciones de su posibilidad son al mismo tiempo las de su imposibilidad.[9] Dicho de otro modo -y puesto en relación con la obra de Maquiavelo-: el “realismo” que permite que tal teoría y didáctica de la política sea escrita es lo que impide, en la Italia de la época, que un proceso de centralización y estabilización de un poder como el allí descrito sea posible. Maquiavelo resuelve esto por la vía del doble discurso: una lógica ‘realista’ de un lado (la moral del príncipe), y otra ‘idealista’ del otro (la moral del pueblo). Esto equivale de algún modo a decir que la Giocconda en política es posible solo por la vía de duplicar las imágenes, mostrando a Piero della Francesca -o más bien al Beato Angelico o el Giotto, e incluso, de ser posible, solamente a Cimabue- al pueblo, pero disfrutando en privado de las obras de Miguel Ángel.
De hecho, esta situación de doble espectáculo (el público y oficial, el privado), atraviesa la historia italiana y en particular la vaticana del Quinientos, y es uno de los factores que impulsan la Reforma. Ella marcará asimismo la evolución hacia el Manierismo. Si el Vaticano pide a Miguel Ángel obras, es para llevarlas al centro de la legitimación y de la atención: la cúpula que nos cobija y aúna será el lugar por excelencia donde la energía incontenible y diversa de la Naturaleza se haga más visible, y si bien esa cúpula no es la de la basílica sino la de una capilla, ello es apenas un rasgo de discresión, no de ocultamiento (en la lógica manierista, predecesora en esto de la barroca, no se trata de ocultar sino más bien de afirmar que no se muestra, que se cubre, y ello incluso en el mismo acto en el que se está mostrando). La Capilla Sixtina traiciona así la vieja función de recogimiento individual e integración colectiva que tenía ya la iglesia carolingia, y que ha marcado la simbología del techo del templo cristiano hasta hoy. El techo de la capilla no fue pensado como instrumento o motivo de recogimiento (más bien todo lo contrario), y el carácter de colectividad que propone está sujeto a jerarquías institucionales radicales.[10] El sentido teatral de la presentación y el carácter inarmónico de la imagen (si se la piensa con relación a lo que el modelo renacentista clásico entendía por armonía), son uno de los orígenes formales del Manierismo y marcan el fin de la perfecta unidad alcanzada durante un momento.
Esta larga disquisición sobre la unidad nos devuelve pues a nuestro punto de partida, el fragmento, pero en un lugar distinto al que vimos a partir de Jameson. Si nos detuvimos en el Renacimiento fue porque su momento “clásico” comienza por una reconstrucción arqueológica (entre cuyos primeros exponentes se halla Brunelleschi), y filológica (“humanista”), de la unidad original, la del clasicismo “por excelencia”: el grecolatino. Contra la supervivencia de tal reconstrucción conspiran varios factores, desde los problemas estructurales del sistema sociopolítico italiano para sostener toda práctica sistemática de unificación (problemas denunciados incansablemente por los pensadores de la época, Maquiavelo incluido, yde los cuales la historia itinerante de Leonardo es un ejemplo literalmente ‘concreto’), hasta el efecto desestabilizador que tiene la revelación del realismo o, dicho de otro modo, el carácter de “naturaleza” que él contribuye a asignar al mundo y el carácter “humano” que contribuye a asignar a la sociedad.
Un
ejemplo de lo primero es la obsesión de Leonardo por las fuerzas
de la naturaleza, por su poder formidable y, lo que es la otra cara de
la moneda, por la capacidad humana -siempre provisoria, siempre en
duda-
de controlarlas. Sus escritos abundan, más que en estudios sobre
el vuelo o la navegación submarina, y dejando a un lado sus
labores
contractuales como ingeniero militar, en proyectos para encauzar
ríos,
prevenir inundaciones, en suma: prever desastres naturales. Un siglo
más
tarde, Francis Bacon fijará la fórmula que sirve de lema
a la modernidad y que podría aplicarse perfectamente a Leonardo:
“conocer y dominar”. Si el universo no humano deviene naturaleza a
controlar,
con el humano ocurre otro tanto: El Príncipe, tratado de
cómo gobernar, es el equivalente tanto de los tratados sobre el
autocontrol individual (del tipo del Cortesano de Castiglioni),
como de los escritos leonardianos sobre el control de las aguas. Lo que
en da Vinci es la doble dedicación al arte y a la
técnica,
en Maquiavelo es la doble descripción del mundo. El arte del
Renacimiento
pudo, durante un momento, proveer una concreción de unidad en un
mundo que había devenido inabarcable, inaprensible. La
teoría
política no podía hacer lo mismo, pero Maquiavelo
resolvió
el problema con no menos habilidad práctica que Brunelleschi el
de la cúpula de la catedral de Santa María en
Florencia:
¿No
hay ya un marco de valores único que sea viable? Pues usemos dos.[11]
Tal solución de compromiso nos recuerda que la construcción moderna de unidades parece destinada a sufrir tarde o temprano la reaparición del fragmento (menos un retorno de lo reprimido, quizás, que una manifestación de lo encubierto). La Giocconda y El Príncipe se volverán de inmediato inaceptables, la primera porque la unidad es ya utópica y el segundo porque la exposición descarnada de la multiplicidad es todavía inaceptable, pero la lógica de unidad-y-fragmento está ya instalada, en los términos que habrá de elaborarse de ahora en adelante. De acuerdo con los términos de la lectura jamesoniana, entonces, nos vemos obligados a situar allí, al menos en lo que hace a este aspecto, un origen de la modernidad. El neoclasicismo retoma algunos de estos elementos desde un momento histórico muy distinto. Tras el largo paréntesis espectacular (cultura manierista-barroca-rococó, política absolutista-imperial-nacional), encontramos un regreso a la empresa arqueológica de reconstruir la unidad mediante medios técnicos. O, pensándolo en otro plano, tras la larga marcha de re-idealización de la imagen del poder político, regresamos a la exposición de su funcionalidad maquínica. La Ilustración es en ese sentido una reconstrucción del carácter maquínico del hombre (la figura del hombre-máquina que se populariza en filósofos como La Mettrie), la naturaleza, la sociedad, etcétera. La Enciclopedia querrá ser el repertorio y manual de uso de esa enorme maquinaria universal, la identidad nacional será reconstruida, como las estatuas antiguas, en base a fragmentos que no siempre pertenecen al mismo cuerpo original, pero que el anticuario o el historiador se encargan de unificar mediante un subtexto sobreimpreso. La unidad, en suma, será proyectada, como se hace con las ruinas de los edificios antiguos para recuperar virtualmente su apariencia original. La unidad así reunida será, como Frankestein, una precaria sutura de fragmentos. Esto explica, por lo demás, tanto el descrédito estético posterior sufrido por el neoclasicismo (y, llegado el caso, su pasajera recuperación por un estilo arquitectónico como el posmodernismo), como la importancia que tuvo como referente estético en los sistemas políticos que quisieron reconstruir la identidad y/o unidad desde cero.
Pasaremos por alto los problemas que causa la afirmación de que ciertas ideas y principios intelectuales son políticamente implementados o aplicados al contexto de la modernidad industrial, algo que puede ubicar a Beck en una posición idealista bastante clásica, o tal vez (lo que sería quizás una descripción más neutra), estandarizadamente reaccionaria.[13] Es posible tal vez bordear esa desventaja y abordar algunos de los otros aspectos que expone Beck en este fragmento. Para empezar, subrayemos la afirmación de Beck acerca de que la idea de que el Renacimiento ocupa una posición de bisagra o intermedio es un tópico que en el paradigma del que forma parte el sociólogo alemán resulta consensual y casi indiscutida. En segundo lugar, el hecho de que su teoría no propone exactamente una revisión de tal ubicación en la periodización, o una revisión de la periodización en tanto tal, sino más bien una crítica de la forma en que se piensan los momentos de tal periodización y las relaciones entre ellos, en tanto entidades temporales. Beck discute la noción de tiempo histórico que manejan la historiografía tradicional y buena parte de los aportes recientes, acercándose a esa forma de “historia larga” representada por ejemplo por el libro de Arrighi que sirve de punto de partida a Jameson. Tal puesta en cuestión por parte de Beck del modelo desde el cual se produce la periodización no contradice, sin embargo, nuestra posición; por el contrario, permite desplegar y aclarar mejor el sentido de la misma.
La descripción que Beck hace de su postura instala el proceso de la modernidad en una franja muy amplia, que va desde el fin de la Edad Media hasta nuestros días, y dentro del cual se dibuja un momento “clásico”, datable en relación a la formación de los estados y economías nacionales tal como se configuran a partir de la revolución industrial (con respecto a la cual Beck no explicita aquí ninguna periodización interna). El orden social global al que dedica su libro corresponde a un segundo momento, que él denomina “modernidad reflexiva” por oposición a la “modernidad simple”, lineal o clásica que acabamos de mencionar (cap. 1, passim). Existen pues dos formas simultáneas de pensar lo moderno, dos marcos o perspectivas complementarios y, sin embargo, diferentes. Tal contradicción aparente se articula perfectamente, en realidad, con la empresa interpretativa y la correspondiente metodología que propone: su “teoría de la modernidad reflexiva” busca pensar lo moderno en (los) términos de simultaneidad, multiplicidad, incertidumbre, conexión, síntesis, ambivalencia, contradicción (1ss), “la transformación inherente de las fundaciones”. Es en tal sentido, justamente, que pensamos aquí el lugar del Renacimiento en relación a la modernidad occidental -al menos en el aspecto muy específico y reducido que nos ocupa.
Podemos ahora volver a la cuestión del “regreso del individuo / de lo individual”, a fin de explicitar nuestra posición. Si el proceso de individua(liza)ción es, en un sentido general, un fenómeno característico de la modernidad larga, lo que produjo -o logró- la modernidad corta fue organizar la integración del individuo (de lo individual) a instituciones centralizadas en, a través de y/o en relación a un estado sociopolíticamente moderno, en el sentido fuerte (pero también “corto”), del adjetivo: el estado que alimentaron las revoluciones “burguesas” de los siglos XVIII y XIX. Beck insiste casi enseguida en su idea de que “the equation of politics and state” es “a category error” (98); podría decirse que, en el fragmento que citamos antes, se produce un error similar: la ecuación sociedad-estado que subyace a la tajante afirmación de que “the individual is returning to society”. Porque, ¿a qué (sociedad) es que se está regresando? El individuo se desarrolló más y más en la sociedad de la modernidad (larga) a la vez que fue más y más eficazmente integrado y/u organizado en y por los aparatos y macromodelos correspondientes al estado sistematizado por la modernidad (corta). Esta doble y solo parcialmente sucesiva articulación de la individualización moderna exige recuperar la importancia funcional que tienen, en el proceso, los orígenes de la modernidad larga. Dichos orígenes pueden ejemplificarse, con relación a nuestro tema, recurriendo a los Renacimientos clásicos (frase que elegimos para diferenciarlos de los otros renacimientos, un poco en el sentido en que se suele diferenciar al Barroco de lo/s barroco/s): empirismo del siglo XIII, humanismo italiano (principalmente el modelo florentino), realismo flamenco, reforma protestante, edad de los viajes y exploraciones, etcétera. Se trata pues de pensar la forma como las (re)organizaciones políticas de la modernidad corta llevaron a su sistematización en la esfera de lo público(-estatal) el proceso de individualización de la modernidad larga, al mismo tiempo que (re)absorvieron dicha individualización en/por/a través de las estructuras colectivas, no solo de orden político sino más bien “cultural”, en el más amplio sentido de la palabra: la familia, las diversiones públicas, las estructuras de producción y de empleo, las disposiciones arquitectónicas, urbanísticas, poblacionales y de vías de comunicación que operan sobre el espacio-territorio, los parámetros de organización del tiempo, etcétera.[14]
La
noción de la temporalidad que encontramos en muchas obras -o
“experiencias”-
de las vanguardias las aproxima a los textos de ocasión, que
habían
ocupado un lugar muy destacado en el espacio de la producción
simbólica
asimilable a lo estético hasta el siglo XVIII y que la
configuración
moderna de categorías como “arte” y “literatura” desplazan a
lugares
más bien marginales o remanentes de los -ahora- campos
artístico
y literario respectivamente, o bien a los espacios de lo ceremonial y
lo
festivo. Así, por ejemplo, el desarrollo de un
campo
literario específico afecta a géneros como el poema
celebratorio
o el discurso fúnebre, hasta entonces integrados sin
solución
de continuidad al mismo macroespacio textual que lo actualmente
considerado
“literario” y los relega a la categoría de prácticas
ceremoniales,
de supervivencias vetustas y académicas que no tienen nada que
ver
con “la poesía”. Tanto las Stances
à Du Périer de Malherbe (1600) como el Neptuno
Alegórico de Sor Juana (1680), más allá de la
muy diferente evaluación que los contemporáneos hicieron
de ambas obras en relación al resto de la producción de
sus
autores,[19]
son parte de la producción literaria de los mismos con tanto
derecho
que un soneto amoroso.
El
arte moderno (nos referimos aquí al que empieza aproximadamente
con el romanticismo), rechaza la poesía celebratoria y de
homenaje,
las obras de circunstancia, redactadas para una ocasión
determinada
y que pierden (¿su?) sentido fuera de esa situación, pero
de las que, por otra parte, los componentes (imágenes, versos,
decorados),
son reutilizables en una próxima ocasión. El
romanticismo
se forja una idea de lo popular que lo opone a esa producción de
pompa y circunstancia, neutralizando lo que ambas tienen en
común:
su carácter coyuntural y la reutilización bastante
indiscriminada
(a los ojos modernos, en todo caso, que son los que inventan la palabra
discriminación), de los materiales. La visión
romántica
de la oralidad medieval deja en la penumbra el carácter difuso
de
la “obra” oral, su naturaleza elocutoria fugaz, irrepetible, siempre
reconstruida
para la ocasión y sobre la marcha en base a un abanico flotante
de elementos y recursos. En suma: el hecho de que su función -su
uso- como productora de un efecto y su esencia -formal y de sentido-
residen
en la re-iteración coyuntural.
Las
vanguardias desarrollan un paradigma nuevo, en el que estas
categorías
ocupan un lugar de primer orden, al tiempo que las formas de
trascendencia
románticas caen en descrédito. Cuando se repasa la
historia
del arte en busca de los antecedentes del collage, no suele mencionarse
la importancia de esos espacios: la oralidad, la cultura popular, lo
palimséstico,
la producción de circunstancia. La mera enumeración
muestra,
sin embargo, que no se trata de “casos” históricos sino
más
bien de componentes generales de la cultura. En tal sentido, decir que
las vanguardias recuperan a Arcimboldo, por ejemplo, solo tiene sentido
si se sobreentiende que el rescate o relectura de un pintor del
Quinientos
en la obra de, digamos, Dalí, es un “caso”, un ejemplo
anecdótico,
cuando se lo compara con la gran vuelta de tuerca que realizan las
vanguardias
y de la que el collage mismo parece ser apenas un síntoma entre
muchos, o un ejemplo práctico. Sin embargo, lo que nos interesa
aquí no son los sentidos voluntarios y/o sistematizados de las
obras
y los gestos vanguardistas, sino las implicancias y derivaciones
posibles
de técnicas que ellos emplearon. Aspiramos a trazar un cuadro y
una interpretación de la importancia que algunas de esas
técnicas
tuvieron en el entorno artístico de las vanguardias.
Un
poema “creacionista” de Huidobro o un “papier collé” de Picasso
poseen una lógica peculiar, desarrollada en el interior de una
tradición
relativamente específica (el simbolismo, Cézanne), y en
la
que
es difícil encontrar algo en común con un obra de
circunstancia.
Ahora bien,a la hora de ensayar articulaciones
de esa tradición, de integrarse a ese diálogo y de
actualizar,
con alguna novedad, ese paradigma, no lo hacen en el vacío, sino
que operan con el abanico de recursos técnicos y
estilísticos
de su entorno. Si por un lado es necesario interpretar las aparentes
similitudes
de la técnica en el interior de los correspondientes paradigmas
estéticos en los que aparecen, lo que lleva a relativizar las
“coincidencias”
técnicas, e incluso en muchos casos a evaluarlas como eso, meras
coincidencias, por otro lado es necesario también explicar el
hecho
de que en determinado momento ciertas técnicas entren en escena,
adquieran un desarrollo relevante, se vuelvan más frecuentes o
adquieran
una importancia y un sentido diferentes al que poseían antes y
tendrán
después. La historia del arte, como la historia en general,
admite
ser pensada en muchos términos, entre los cuales figuran sin
duda
una historia de las ideas y de las configuraciones (de)
estéticas,
pero también la de los modelos de producción. Me refiero
a la posibilidad de pensar menos en términos de producto/s y de
producción/es que de productividad/es. Cambiar el registro de
lectura
supone cambiar las reglas de juego y produce una escritura de la
historia
que no puede coincidir con las correspondientes a otros registros.
Tal
vez la mejor forma de ejemplificar esto sea un caso que, siendo
considerado
usualmente como colateral o irrelevante en muchas historias de
las
vanguardias de principios de siglo, adquiera en cambio una
significación
destacada en aquella historia surgida de releer el archivo desde otro
registro.
En el momento del surrealismo, el futurismo, el post-cubismo picassiano
y la larga lista de movimientos plásticos que atraviesan la
primera
posguerra en Francia, Monet sigue pintando cuadros que, hasta cierto
punto,
podemos llamar todavía impresionistas, como las grandes telas de
las nenúfares o la serie de la catedral de Rouen. Sería
un
error, sin embargo, decir que los nuevos tiempos (vanguardias
incluidas),
no lo han tocado. La reiteración del mismo motivo estaba de
alguna
manera inscrito como corolario posible en el impresionismo de los
años
80, y fue practicada intensamente por incontables artistas (tal vez los
casos más conocidos sean los de Cézanne y de Van Gogh).
En
cuanto a Monet, las nenúfares suponen una profundización
considerable de esa práctica con respecto a su obra anterior, al
punto que lo acercan tanto como nunca lo había estado a algo
que,
por los mismos años, estaba transformándose en escuela,
pero
que el pintor francés no practicaría: la
abstracción.
De hecho, es otra experiencia suya en el campo del motivo la que nos
interesa
ahora, y es la planteada por sus “catedrales”: la serialización.
Los retratos, girasoles o habitaciones de Van Gogh o las naturalezas
muertas,
paisajes o jugadores de cartas de Cézanne son cuadros que tienen
el mismo motivo, y en los cuales puede darse (sobre todo en
Cézanne),
que el motivo sea totalmente irrelevante a lo que se está
pintando.
En los cuadros de la catedral de Ruán pasamos de la
reiteración
del mismo motivo en numerosos cuadros a la realización de una serie
de obras que parecen promover una recepción de las mismas como
conjunto.
Uno
puede preguntarse si el aumento vertiginoso de la producción
-sobre
todo bélica- que fomentaron las necesidades de la guerra y la
imposición
de la assembly line no debían llamar la atención
de
alguien tan perennemente preocupado por la relación entre
pintura
y tecnonolgía como lo fue Monet. Se plantea pues la
cuestión
de si sus catedrales no pueden entenderse como un lejano antecedente de
algunas obras de Andy Warhol. Por nuestra parte, creemos que no. Casi
podríamos
decir: “todo lo contrario”. Estas telas están producidas en el
marco
del modelo de representación moderno, deudor todavía del
realismo, con respecto al cual el impresionismo, en una de sus
direcciones,
fue un gesto extremo y epigonal. Lo que hace Monet con las catedrales
(auqne
tal vez no con las nenúfares), es insistir en la
investigación
y el perfeccionamiento de las estrategias de representación de
lo
real, en tanto instrumento de conocimiento acerca del objeto. De hecho,
el carácter fáctico de la Catedral (como el de las
nenúfares),
su condición de realidad existente, de “parte del mundo”, ocupa
un lugar mucho más importante en estos cuadros que las frutas y
los árboles de Cézanne. Cuando Monet parece abandonarse
más
y más a los elementos específicamente pictóricos,
en realidad está sumergiéndose más y más en
su mundo interior, y transformando más decididamente a los
motivos
externos en medios para navegar en sí mismo. Esto parece acercar
el pintor de las nenúfares al Kandinsky de De lo espiritual
en
el arte, es decir, el de la primera abstracción, pero el
pintor
ruso muy pronto se concentra en una reflexión sobre la forma y
el
color como realidades abstractas, al igual que tantos otros. El camino
de la abstracción, tal como lo plantea Kandinsky, conduce hacia
Mondrian y el constructivismo, es decir, en una dirección que
parece
casi la opuesta a la de Monet.
Las
series de las catedrales pertenecen a una lógica inasimilable -y
tal vez incomparable- a la de las vanguardias, y muy distante, por lo
demás,
de un fenómeno como el fordismo. Sin embargo, el hecho de que
ellas
existan no resulta por ello menos relevante para nuestro tema.
Técnicas
tardo-simbolistas como las de Un coup de dès tuvieron
consecuencias
inmediatas en artistas que ya no pertenecían al universo
simbolista
y en quienes, por lo tanto, tales técnicas asumieron desde un
principio
otro sentido y fueron leídas de una forma muy distinta a aquella
en que fueron escritas, de tal modo que condujeron a los artistas en
una
dirección -y a unos resultados- que quizás hubieran
escandalizado
a Mallarmé. El hecho es que, pese a todo, tales derivaciones nos
dicen algo sobre Un coup de dès, o más
precisamente
sobre lo sintomático que resulta que un tardo-simbolista como
Mallarmé
pudiera llegar a una obra como esa. Como observa Borges en “Kafka y sus
precursores”, a veces es la lectura retrospectiva la que nos muestra
los
mecanismos latentes y/o incipientes asociables a una obra. Algo similar
puede decirse de lo que implica algo como la serie de Monet, y
a
tales efectos, el hecho de que ella no haya tenido las consecuencias
que
tuvo el poema de Mallarmé es poco relevante. Por lo
demás,
no solo los grandes artistas fundan retrospectivamente tradiciones.
También
lo hacen las formas de leer la historia.
La
formulación técnica de una obra puede leerse en
términos
de su propia lógica (suponiendo que exista tal cosa), pero
también
en lo que ella nos dice sobre lo que es posible producir en determinado
momento, sobre las técnicas que son puestas en práctica
en
su contexto y que pueden pensarse no solo en relación con un
autor,
al paradigma o paradigmas que definen la obra de ese artista, sino
también
a los paradigmas de su entorno, o mejor dicho, a aquellos que son
posibles,
efectivamente o como posibilidad, en las prácticas vinculadas a
esas técnicas, o incluso en el desarrollo a que pueda conducir
la
aplicación y transformación de esas técnicas. No
existe
tal vez una lógica de las técnicas, pero sí cierto
margen de inteligibilidad de las condiciones de esas técnicas y
de las posibilidades que ellas proveen. Las catedrales de Monet son una
culminación del impresionismo, pero también un ejemplo de
cómo el arte de principios de siglo se encuentra con la idea de
la serialización. Tal vez esa idea no tiene ese valor
-ese
sentido- en Monet. De hecho, es por eso mismo que insistimos en su
ejemplo:
es incluso en un sentido literal que decimos que el arte se
encuentra
con la serialización. Las vanguardias no “piensan” la
línea
de montaje, así como Monet, que sepamos, no “pensó” la
serialización
-en los términos en que podía pensarla Warhol, pongamos
por
caso. Pero, aún así, la formalidad o la técnica de
lo serial se dibujaba como técnica o formalmente posible.
A
modo de conclusión.
Algunos
puntos de partida para iniciar la discusión del problema
“unidad-y-fragmento”
en el contexto del fordismo clásico
El
ejemplo de Monet nos ha llevado a plantear el problema de asignar
sentido
a las cuestiones “técnicas”. En lo que quisimos plantear en este
trabajo, ello involucra los siguientes temas:
*
transformación en la noción abstracta y el modelo
concreto
(vivido) de temporalidad, tal como ellos se presentan materializados en
algunos procedimientos formales de las vanguardias
*
transformaciones de las categorías de unidad (obra, objeto,
etcétera),
y de fragmento, y de la lógica de la organicidad y la
fragmentación,
tal como ellas se presentan materializados en algunos procedimientos...
*
transformaciones en los modelos de productividad, tal como ellos se
encuentran..
*
reacciones a/contra la institución-arte, ...
Nuestra
conclusión “filológica” es que puede arrojarse nueva luz
sobre estos cuatro aspectos pensándolos a partir de una
discusión
de la periodización de la posmodernidad que propone Jameson y en
relación con la presencia de la línea de montaje y la
producción
seriada en el entorno de las vanguardias. Nuestra conclusión
“contemporánea”,
por su parte, tiene más que ver con lo que podríamos
llamar
la contradictoria naturaleza del cambio histórico durante la
modernidad,[20]
cambio cuyos factores de profundización son al mismo tiempo,
bien
que con un efecto retardado, por así decirlo, factores de
subversión,
debilitamiento o inversión, y en todo caso de su
transformación
en una otra cosa que parece contradictoria con el cambio
originario
o basal. La evolución impresionista de Monet lo acerca a las
utopías
de Kandinsky y Mondrian, pero también, en un registro totalmente
distinto y que a primera vista parecería no-pertinente o
equívoco,
a la a-utopía de Warhol. Es en esta lógica de procesos
aparentemente
contradictorios y causalidades no lineales (y a menudo aleatorias,
quizá),
que proponemos reunir las historias “larga” y “corta” del arte moderno.
Una consecuencia de tal enfoque podría ser, según parece,
una interpretación más rica del postmodernismo que la que
ofrece Jameson. Otra, la necesidad de revisar la comprensión
histórica
que el teórico norteamericano tiene de las vanguardias. A esto
esperamos
arribar en el futuro.
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