Emilio Irigoyen:
La patria en escena. Estética y verticalismo en Uruguay
Montevideo, Ediciones Trilce, 2000.
·MATERIAL GRÁFICO

·FRAGMENTOS DE LA INTRODUCCIÓN Y DE LOS CAPÍTULOS 1 y 5

de la introducción:

[…]

Palabras en escena
La gestualidad no sólo es producto de los modelos ideológicos: también contribuye a formarlos. Balandier habla de una "teatrocracia" que regula la vida cotidiana de los hombres viviendo en sociedad, una espe­cie de "régimen permanente que se impone a la diversidad de los regímenes políticos revocables y sucesivos" (p. 15). La historiografía reciente ha observado la importancia de ciertos escritos (por ejemplo, los literarios), en el proceso de construcción de una identidad nacional (cf. Achu­gar, "El Parnaso"). Gustavo Verdesio destaca el papel de la escritura en el desarrollo de lo que podríamos llamar una identidad cultural "uruguaya" a partir del período colonial: "la pala­bra, especialmente la palabra escri­ta, es capaz de generar hechos sociales y de modelar conciencias" ("Escritura", 23, subr. nuestro), y sostiene que los prime­ros textos referidos al Río de la Plata realizaron "la paulatina invención discursiva de ese territorio y de los habitantes que lo poblaban" (La invención, 7). El presente libro destaca un ámbito distinto: la palabra, sí, pero "especialmente" aquella que es puesta en escena, jugada en un espacio comuni­tario y según un proceso colectivo de enunciación. Es decir, la que es proclamada por un sujeto plural en el que están incluidos incluso aquellos a quienes se dirige, y que a menudo es puesta en sus labios, todo ello no a través del papel sino, para decirlo de la manera más enfática, con los cuerpos y desde las gargantas. El historiador argentino Fernando Devoto afirma que la idea de pertenencia a una nación "es una construcción fundada en relatos discursivos y no en la experiencia cotidiana" (Devoto, 19). Pero para que ella se vuelva parte activa del imaginario colectivo hace falta precisamente que logre enraizarse en el nivel de lo cotidiano: transformarse en lo que Ortega y Gasset, para distinguirlo de las meras "ideas", llamaba "creencias" (p. 15-22). Esto es mucho más factible cuando los "relatos" pasan del circuito de la escritura-lectura (cuyos extre­mos, autor y lector, presen­tan una apariencia individual y suponen generalmente actividades solitarias), al terreno de las escenificaciones, donde tanto produc­ción como recepción se viven claramente como actividades comunitarias.
La puesta en escena del poder tiene otra ventaja básica sobre sus manifestaciones exclusivamente verbales. Como explicó Gastón Bachelard, la verticalidad es un principio formal muy importante en nuestras estructuras de percepción y valora­ción del mundo. Las figuras y relaciones espaciales de carácter vertical suelen funcionar como axiomas valorativos, "y sin embar­go, el lengua­je no las favorece, [...] no tiene facilidad para hacer pintorescas las imágenes dinámicas de la altura" (Bachelard, 20-21). Esto es algo que sí ocurre en prácticas simbólicas como la ceremonia o el rito, por lo demás muy proclives a las figuras de verticalidad. En ellas, la palabra, al encuadrarse en una relación espacial, logra superar la condición de mero texto. Al igual que las instituciones específicas de aprendizaje y disciplinamiento (como la escuela), este tipo de prácticas son medios por los que los "relatos discursivos" de que habla Devoto acceden al terreno de la "experiencia cotidiana". A través de ellas el discurso que las instituciones han consagrado desciende al espacio vital de los mortales.
La palabra puede ser puesta en escena de acuerdo a cuatro modelos tópicos: la fiesta, el rito, la ceremonia y el espectáculo.[i] Si bien tal clasificación goza de cierto consenso, es difícil definir el conjunto de estas manifestaciones. En este libro hablaremos de la escena, en un sentido amplio, como el despliegue espacial que acompaña y encuadra a los discursos (a los signos en ac­ción). Más que los espectáculos o monumentos del poder, nuestro objeto son sus puestas en escena, o mejor dicho su escenificación, entendida en dos senti­dos: “representación”, pero también “diseño de una escena”. Por escenificaciones entenderemos a todas aquellas manifestaciones que transforman el espacio, el tiempo y el cuerpo de los individuos en material simbólico, estén acompañados o no por la palabra. Extenderemos el concepto a ciertas representaciones que sin incluir a los individuos como elemento constituyente, son diseñadas como escenario material o simbólico de la presencia humana, como es el caso de los ejemplos arquitectónicos, urbanísticos y pictóricos que analizaremos.

Tanto lo gestual como lo escénico son conceptos versátiles, aplicables no sólo a obras de teatro obailes populares: un edicto municipal forma parte de la gestualidad del gobierno de la ciudad, y un cuadro como El Juramento de los Treinta y tres, de Juan Manuel Blanes, constituía hacia fines del siglo XIX la más importante escenificación del sentimiento patriótico uruguayo. Por eso corresponde definir tres nociones básicas: lo "tea­tral", que será empleado en el sentido que suele usarse para decir que una disposición arquitectónica barroca, un texto romántico o un gesto cotidiano son muy ‘teatrales’; la "teatralidad", entendida como cierto conjunto de modelos y paradigmas que definen las relaciones significantes establecidas entre los individuos en el espacio por ellos compartido (cf. infra, "Territorio y habitantes"), relaciones que operan en toda producción social de significado y de manera muy notoria en las manifestaciones del poder; y por últmo la "gestualidad", término que atiende a los aspectos lógicos de una producción de sentido pero sobre todo a los analógicos y paraverbales, a los hábitos expre­sivos del sujeto y en general a la expresividad visual de la faz o del 'exterior', en tanto dotada de una lógica específica (no expresión simple y directa de algo 'interior' o más profundo).[ii]

[…]



del capítulo 1 :

La teatralidad del poder

La acción de un régimen no debe medirse sólo por aquello que promueve, encarga o premia, sino también por la forma en que dirige su atención y la de la sociedad en general hacia un sector o tipo de producciones simbólicas, por la clase de gestualidad y de actividades que favorece, por la mentalidad que impulsa desde sus instituciones y a través de sus diversos aparatos ideológicos. A su vez, el sentido de una estética no puede interpretarse sólo en relación a la ideología con la que se vincule literalmente, sino que debe leerse según los códigos más amplios de su gestualidad figuracional, es decir, del modelo de representación que propone o en el que se basa. Desde este punto de vista, no importa tanto que el neoclasicismo de mediados del siglo XVIII y el arte fascista de mediados del XX exhiban un repertorio de elementos y una serie de ideas formales más o menos parecidas, sino que posean una similar concepción representacional.
En un entorno de centralismo autoritario todo objeto y toda acción tienden a entenderse como simbólicos y, debido a su sentido social, como espectaculares. La actividad de los regímenes tradicionalistas, autoritarios o conservadores suele tener un marcado perfil teatral, que el poder traslada al conjunto de los actos públicos. No es sólo que las manifestaciones del poder totalitario sean sumamente teatrales, sino que el sentido teatral que caracteriza per se a tales prácticas se vuelve un modelo configurador que impregna al conjunto de la realidad pública. Incluso los objetos y acciones que no sean directamente simbólicos funcionarán además como simbolicos, y al mismo tiempo, incluso aquellos símbolos que no tengan originariamente un carácter espectacular, serán también espectaculares. Toda la realidad social se impregna así de teatralidad; cualquier hecho colectivo exhibe una gestualidad relativamente voluntarista: conducta que significa. El mundo deviene un gran espectáculo donde las "formas" y los "contenidos" están codificados según patrones nítidamente establecidos (en los casos extremos puede llegar a confeccionarse listas "blancas" y "negras", enumerarse héroes y villanos, etc.). Como observa George Mosse, el fascismo y el nazismo europeos se apropiaron de un "nuevo estilo político" que tenía una tradición común al liberalismo, pero con un alcance e intensidad distintos. Usaron los cultos y mitos surgidos con el ascenso del nacionalismo y de la democracia de masas para proponer una alternativa a la representación parlamentaria. En sus acciones simbólicas, la mística nacional posibilitaba "una expresión concreta del concepto de voluntad general [...], transformando la acción política en una representación dramática de la cual se pensaba que el pueblo era el actor" (cit. Cosse y Markarián, 72-73).
El totalitarismo hace del país un escenario. La identidad de los sujetos está dada por aquello que representan: las personas son 'personajes' -protagónicos, secundarios, figurantes o meros extras, según el caso- de esa gran obra que es "la nación"; el espacio, a su vez, es entendido como ámbito escéni­co (las características topográficas son la escenografía de la épica nacional [cf. # 2]); las cosas funcionan en tanto 'objetos de la escena', los hechos como (parte de) una 'acción teatral', un verdadero discurso dramático, que se desarrolla linealmente y en una dirección determinada.[iii]
Regímenes distintos diseñarán de otro modo esas conmemoraciones, promoverán otro "espectáculo"; en suma: exhibirán otro modelo representacional. 

[…]

del capítulo 5 :

Los "cuadros vivos"

El gobierno militar 'recicló' de varias formas el Juramento de los Treinta y tres de Blanes (cf. Cosse y Markarián, 37, 39ss, etc.), que fue su imagen favorita. En esto el régimen no hacía sino aprovechar las características del más exitoso ícono patriótico uruguayo (cf. supra, # 24). Para la dictadura, el cuadro de Blanes tenía muchas ventajas, entre ellas la de que la composición presentaba como figura prin­cipal a Lavalle­ja, pero sin llegar a transformarlo en protagonista absoluto de la tela, que atendía más al conjunto que a ninguna individualidad. Esto se acomodaba muy bien a un poder que podría definirse sin demasiada exageración como un "fascismo sin caudillo".[iv]
El cuadro de Blanes estaba integrado en el imaginario uruguayo a través de espacios como los libros de texto, las ilustraciones escolares y la propaganda oficial. La tela fue una rica fuente de inspiración y de imitaciones desde el momento mismo en que el pintor la libró al público. Entre otras cosas, sirvió de tema para los "cuadros vivos", un curioso tipo de representación que consiste en la reproducción de una pintura por parte de actores que, vestidos y ubicados como los personajes de la tela, permanecen inmóviles (cf. # 7). Antes de la proliferación de medios para la reproducción mecánica de las imágenes, esta era una forma usual de dar a conocer obras famosas. En este formato, la imagen del Juramento recorrió el país y parte de Argentina a través de los escenarios móviles del circo criollo, un importante fenómeno espectacular popular de fines del siglo XIX en ambas márgenes del Plata y que tuvo bastante difusión hasta bien entrado el siglo; se trata de troupes viajeras que ofrecen una primera parte propiamente circense y otra de carácter tea­tral. La obra de Blanes fue habitual también como acto especial en las funciones teatrales realizadas en fechas patrias, ocasiones en que las apoteosis eran frecuentes.
Los cuadros vivos son un buen ejemplo de los espacios relativamente "desregula­dos" y/o "populares" a través de los que se trasmite una tradición figuracional (cf. # 22). Sobrevivieron en celebraciones escolares y familiares (generalmente las navideñas), hasta mucho después de su desaparición de los escenarios. En 1911, por ejemplo, se organizó en el Victoria Hall de Montevieo un programa de cuadros vivos, con toda seguria a cargo de súbditos ingleses, montando alrededor de una docena de estas composiciones en base a otras tantas escenas de obras de Shakespeare (Programme); también hay testimonios orales de su realización durante la Segunda Guerra Mundial en actos de apoyo a los aliados. Este tipo de representación parece haber cobrado un nuevo impulso durante la dictadura militar, tanto en actividades promovidas directamente por el estado totalitario como en otras de origen privado. Según informantes, se hicieron varios en ese período como parte de celebraciones patrióticas o de fin de cursos en centros de enseñanza públicos y privados, todos los cuales copiaban la composición del cuadro de Blanes. En 1975, bautizado por el gobierno "Año de la Orientalidad" (por cumplirse 150 años del desembarco de los treinta y tres, la declaratoria de la independencia y otros sucesos históricos), el programa de actos para el mes de abril incluyó una "Dramatización del Juramento de los 33", realizada el día 15 ante el Obelisco a los Constituyentes de 1830.[v]Las "dramatizaciones" se reiteraron varias veces a lo largo de ese año, tanto en la capital como en el interior, no sólo en base al cuadro de Blanes sino también en conmemoraciones de otros "hechos históricos" de los que no existía modelo pictórico. Para ellas se contaba con un elenco fijo, dependiente del Servicio de Teatros Municipales de la capital.[vi]
Addenda

Los cuadros vivos tal vez sean una de esas tradiciones fragmentarias y marginales que sobreviven de manera azarosa a lo largo de las décadas, y que el poder o las circuntancias pueden reactivar en ciertos momentos (cf. # 27). El género, aparentemente desaparecido, puede emerger en contextos ideológicos o en entornos de producción aparentemente muy distintos a los de un Estado fascista, tradicionalista y obsesivo. El 9 de mayo de 1998, cuando el presente capítulo ya estaba escrito, uno de los tres canales privados de televisión abierta, Monte Carlo TV Canal 4, trasmitió una "representación" del Juramento de Blanes que consistía en un cuadro vivo. Para mayor énfasis del sentido trascendental que tenía el hecho, se buscó descendientes directos de los "treinta y tres" para encarnar a los patriotas de 1825.[vii] La relación de consanguineidad primó sobre cualquier otro criterio, como el sexo o la edad de los intérpretes, o su parecido con el retratado. Lavalleja, por ejemplo, estuvo a cargo de un adolescente que además de su diferencia notoria con el modelo, en la víspera había sufrido una lesión en una pierna, por lo que se decidió envolvérsela en arpillera para disimular el yeso; el joven, apoyado sobre la otra pierna, intentó inútilmente contener el balanceo de su cuerpo, bastante notorio en medio de la inmovilidad general. Detalles como estos muestran que la representación no operó en base a los criterios de una verosimilitud realista: la aspiración era plasmar una continuidad epifánica, sanguínea, de carácter "mágico" incluso, entre aquellos hombres y los del presente.[viii] Se apuntó a la recuperación de un nosotros inmanente, por completo ajeno a las meras 'aparien­cias': lo material, histórico, concreto, fue dejado de lado en pos de una consumación que asumió sentidos de eucaristía patriótica. El propio espacio físico elegido no fue una playa u otro sitio similar al cuadro, sino la Plaza de los Treinta y tres, donde se encuentra el monumento ecuestre a Lavalleja y una reproducción en azulejos del cuadro de Blanes. También en este aspecto el "parecido" de la imagen era, si no irrelevante, al menos subsidiario de su valor trascenden­tal (cf. # 11).

[…]

La pregunta por lo nacional (la pregunta por la figura y hasta por la existencia de la "nación"), no parece tener una sola 'respuesta correcta' sino muchas, varias de las cuales son opuestas y hasta excluyentes entre sí. Pero esto no es asunto exclusivo del pensamiento sobre la nación, sino una caractetística general de lo real. La realidad (material, ideal, histórica, imaginaria), es una construcción social, y su figura posee tantos rostros como el hombre, pero la vida colectiva, que es la única que conocemos, supone por lo menos un acuerdo o una serie de sobreentendidos acerca del rostro -o los rotros- de la realidad. De hecho, el modelo neoclásico puede entenderse como un estilo de figurar la realidad. Su utopía, puesto que cada modelo tiene al menos una, sería lograr la identificación absoluta entre la figura (legitimada y compar­tida) y lo real (expe­riencia naturalmente diversa): reducir en su figura del Mundo a la totalidad de lo mundano. Algo similar es lo que intenta el tota­litarismo.

Se trata de un ideal inalcanzable, como el de toda uto­pía: la realidad, a diferencia del neoclasicismo, no es li­neal. No es única, ni ordenada, ni cohe­rente (más bien resulta diversa, desordenada, incoherente). ¿Acaso no es precisamente esa multiplicidad inabarcable la que vuelve tan necesa­rio aferrarse a la unidad? ¿No es en respuesta a ella que nuestra "construcción de la realidad" reitera unidades absolutas: un dios, una patria, una profesión, un hogar, una familia, un infinito? La identidad es una (puesta en) escena, una contingencia -diría Rorty- en la que buscamos percibir y dibujar un remanente más o menos sólido y estable -figurable.

Borges consideraba a la vez inútil e inevitable tal intento de hacer del todo Uno. Sus resultados, recordaba, tienen siempre la ambigua estatura de lo humano: formas(más o menos abstractas) de coherencia, mecanismos(más o menos impositivos) de ordenamiento. Remedos, en fin, ("pobres remedos"), de unificación.

Montevideo, mayo de 1998



[i]. Este cuadro solo alcanza, por supuesto, a la modernidad occidental. Por lo demás, hay que aclarar que este ensayo no toma en consideración aquellos fenómenos que caen dentro del ámbito del rito. Su naturaleza sensiblemente dife­rente nos obligaría a hacer demasiadas precisiones y, por otra parte, el objeto del libro son las escenificaciones del verticalismo de Estado desarrolladas en el paradigma postiluminista, es decir, vinculadas a la secularización de los modelos de legitimación del poder político que ocurre entre la segunda mitad del siglo XVIII y la primera parte del siguiente. De todos modos la omisión es importante, dada la profunda carga de religiosidad y mistificación existentes en esta nueva lógica, a primera vista tan "profana".
[ii]. En el término "gestualidad" nos interesan sobremanera los semas de teatralidad, intención comunicativa, manifestación espontánea y expresión de la faz, entre otros, pero al igual que con los dos primeros conceptos, más que brindar una definición estricta preferimos hacerlos funcionar, dejando que la operatividad que ellos asumen a lo largo del texto dibuje su sentido.
Todo esfuerzo terminológico oscila entre la precisión y la operatividad. Como dijo Bajtín ("El proble­ma"), lo que da forma a los términos es el tráfico contextual de sentido: los “significados” de diccionarios y tautologías sólo recogen la etiqueta de un fósil. Por eso creemos que a veces, y para algunos fines, la definición concreta y estricta de la terminología supone menos "rigor" que reduccionismo. El afán técnico encuadra al objeto en la estructura fija de un repertorio instrumental cuya "precisión" y "neutralidad" son falaces. Desde los griegos, el saber discursivo calificado en Occidente ha sido aquél que fija el devenir de lo real a través de un conocimiento referido al ser de lo real. Se cree que ese devenir puede resultar comprendido (en el doble sentido de abarcado y entendido) mediante ideas "claras y distinas", como pidió Descartes. Sin embargo, muchos han señalado (desde Cratilo y los sofistas hasta Nietzsche, Bajtín, Wittgenstein o los deconstruccionistas), que de este modo el objeto constituye una construcción que no sólo está sometida, como toda forma de conocimiento, a lógicas predeterminadas (en primer lugar las discursi­as), sino que además se elabora como construcción disciplinaria, según dijo Foucault, es decir: disciplinada, ordenada, 'reducida' (como se decía de los indios sudamericanos controlados por las instituciones blancas).
[iii] La escena tiene sus jerarquías. Protagonistas del espectáculo de lo nacional son aquellos que detentan -y lo hacen teatral, ostensiblemente- el poder: el Führer, el caudillo, el líder, el General; los extras, en el otro extremo, componen la gran masa del "pueblo", que se congrega metonímicamente en los actos públicos, con frecuencia a través de corporaciones o grupos medios (como ocurre en el fascismo), o figurado metafóricamente en instituciones como el ejército, cuyos desfiles son una "revista" de anónimos actores de reparto uniformados, una minoría investida de símbolos que representa a los millones de seres comunes, es decir sin uniforme o ‘vestuario'. Esta lógica "escénica" funciona de manera similar en los otros grandes espectáculos de la sociedad moderna, particularmente el deportivo: la estrella en el espacio del juego es el protagonista (como el político o en general cual­quier "celebridad"), la hinchada en la tribuna es una legión no de extras sino de figurantes, pues la coparticipación (tanto la emocional como la activa, en 'himnos' y 'cantitos', cuando no de otras maneras), hace del asistente algo más que un mero espectador, tal como ocurre con el público de todo espectáculo en la medida que entabla una relación física o emocional con los héroes de la escena.
[iv]La ausencia de una figura individual fue uno de los principales escollo que enfrentó el proyecto legitimador de la dictadura. En el terreno contemporáneo, el régimen sintió la falta de personalidades suficientemente carismáticas, tanto hacia adentro de la "familia militar" como hacia el grueso de la pobla­ción. En lo que hace al pasado, el poder militar se encargó de modelar a su manera al principal héroe patrio, Artigas; sin embargo, esta figura era demasiado proteica en el imaginario como para servir eficazmente de tótem al discurso unilateral de la dictadu­ra. Muchos de los eslóganes que ella tomó del discurso artiguista habían sido y seguían siendo repetidos, en muy otro sentido, por diversos grupos, incluyendo a gran parte de las co­rrientes de izquierda.
[v].El País, martes 15/04/75, p. 11. Los datos relativos a las dramatizaciones de 1975 nos fueron proporcionados por Vania Markarián e Isabela Cosse (cf. su libro, 30-31). Las historiadoras afirman que "en 1975 el cuadro ya no se usaba como inspirador de teatralizaciones" (30), y señalan que los organizadores de los festejos de 1975 solían fragmentar en sus montajes la imagen, usando diversos detalles de la obra "para su inclusión en composiciones abigarradas de objetos y símbolos de diferentes épocas y lugares" (id.), otro ejemplo de lo que hemos llamado "repertorio a mencionar" (cf. supra, # 19-21).
[vi]. También están claramente influidos por Blanes algunos mediome­trajes exhibidos en las transmisiones realizadas simultáneamente por todos los canales de televisión del país, en lo que la Dirección Nacional de Relacio­nes Púbicas, sin preocuparse por las conotaciones, gustaba llamar "cadena televisi­va nacional".
[vii] Se tomó como referencia la lista oficalmente reconocida por el Estado. Las varias nóminas que existen no coinciden totalmente en el número ni la identidad de los patriotas; el cuadro de Blanes usó una de ellas, que ha quedado consagrada hasta el presente.
[viii]. El término “magia”, referido al poder convocante y encantatorio de la puesta en escena, fue usado por la encargada de la producción en una entrevista realizada para este libro. El programa en que fue montado el cuadro vivo, "Dale que podés", es un entretenimiento dominical con reparto de premios entre los parti­cipantes. Como explicó la productora en una entrevista telefónica, "el título tiene sobreen­tendido del 'Dale que podés', como entre paréntesis, 'urugua­yos', y un poco la idea del programa es mostrar eso: que nosotros también podemos".












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