Esta página se visualiza correctamente con Firefox       

 

Complejidades del totalitarismo

A propósito de Raza, la película que guionó Franco

 

 

Emilio Irigoyen (emilio.irigoyen@gmail.com)

Universidad de la República, Montevideo

Página académica personal


 

Introducción

            Este trabajo tiene como punto de partida el filme español El espíritu de la Raza (1950), re-edición ampliada y corregida del anterior Raza (1941), guionado y dirigido por José Luis Sáenz de Heredia a partir de un relato de Jaime de Andrade, seudónimo atribuido a Francisco Franco.[1] La casi totalidad de la bibliografía a que hemos podido acceder[2] omite mencionar los cambios que se habrían hecho en 1950, y que son señalados por Virginia Higginbotham en un libro de 1988 (20-21).[3] Mientras que la mayoría de los autores atribuyen al film el primer título, otros se refieren a él por el introducido en 1950. No hemos podido acceder a una copia de la versión original, recientemente recuperada (cf. Fernández Mayoralas), por lo que si bien nos referiremos a la obra mediante al nombre que se ha impuesto (Raza), nuestro trabajo, en puridad, se basa en El espíritu de la raza.

            La crítica ha encontrado como principal y hasta único interés del film el ser una expresión directa, temprana y sistemática, en la ficción cinematográfica, de la ideología del régimen, probablemente atribuible en parte a la mano de su propio líder.[4] Aunque los cambios introducidos en 1950 parecen haber sido importantes, la carga ideológica explicita habría permanecido intacta, por lo que a los efectos del presente trabajo no distinguiremos entre la ideología manifiesta de ambas versiones. Preferimos más bien explorar otros aspectos de la película.

            El primer aspecto y, tal vez, el menos importante de los que queremos discutir es el de la calidad cinematográfica que exhiben algunas escenas del filme, en notable contraste con la gran mayoría del metraje, que es, como los críticos han señalado casi unánimemente, de escasísima creatividad. El segundo, que es en parte una derivación y ampliación del primero, es que tal aparente contradicción interna, sumada a la re-edición del material ocho años después de su estreno inicial, constituyen un excelente ejemplo de las complejidades y multiplicidades que caracterizan a toda producción textual, y en particular a una cuya naturaleza es eminentemente colectiva, como la de un largometraje. Tal condición, propia de toda situación de discurso, a veces es pasada por alto cuando el objeto de estudio es colocado bajo la figura autorial de un “totalitarismo”.

Nuestro objetivo más amplio, pues, es insistir en esta condición compleja y plural inherente a las producciones discursivas de un emisor institucional, por más totalitario y unificado que el mismo pueda parecer. Para decirlo de la manera más clara posible: con frecuencia, el uso de sofisticados aparatos interpretativos como los foucaultianos (para no mencionar sino los más conocidos), se suspende, cuando lo que se discute son textos provenientes de figuras autoriales a las que se asigna una condición de sujeto monolítico y perfectamente enunciante. La simpleza de los propios textos –su simpleza aparente, al menos– motiva un cierto facilismo interpretativo que en los hechos funciona como si el texto enunciara una ideología, y solo una, de manera fuerte y clara. Esta de ilusión de una suerte de sujeto cartesiano es quizá el error más frecuente en los análisis de obras como Raza.

            La falacia de reducir la película a la unidad de su mensaje (y que deriva de dos torpezas interpretativas bastante elementales: identificar un mensaje único y suponer una relación de pertenencia o asociación intrínseca entre esa entidad única mensaje y una entidad orgánica texto), puede encontrar cierta justificación en la propia inaccesibilidad del texto en cuestión, que remite de hecho a dos producciones diferentes (la de 1941 y la de 1950),[5] así como en las patentes contradicciones estilísticas que exhibe el film. El tema de este trabajo no es la naturaleza polifónica de toda producción textual, en particular la cinematográfica, sino cuestiones específicas del ejemplo que nos ocupa: que la ideología del régimen es solo uno de los factores pre-textuales específicos que operan directamente sobre esa producción textual a la que llamamos Raza.[6]

            En otro sitio he dicho que, a pesar de su obsesión por el orden y su cuidado de la forma, el poder tota­lita­rio no siempre emite con voz fuerte y clara. De hecho, el con­junto de manifestaciones que podemos resumir como “actos del poder” está cons­tituido por una ina­barcable y fluctuante combina­ción de impulsos, que van desde las estrategias más amplias del régimen hasta motivaciones individuales y anecdó­ticas. Esto constituye el “jue­go”  (dicho incluso en el sentido de algo que no ajusta bien, que ‘tiene juego’), inhe­ren­te a toda manifestación simbóli­ca y en particular a las eminentemente colectivas (cf. Irigoyen, "El impe­rio" y La patria cap. 22).

            Es cierto que la gestualidad totali­taria, por definición, se preocu­pa de unifi­carlo todo, de controlar la alteridad y la disi­den­cia y reducir el margen de lo aleatorio o lo desre­gula­do. Pero existen siempre zonas perifé­ricas dentro del proyecto cen­tral unificado, en las que juegan un papel destacado tanto la relación entre la autonomía del objeto y su cohesión con la unidad general (es decir: el margen de juego entre la imposi­ción vertical de un proyecto unificado y la alteri­dad de los detalles ‘individuales’ [cf. Irigoyen, La patria 4.2]), como el hecho de ser un ámbito secundario (literalmente marginal con respecto a otros elementos), ap­to para la rema­nencia o emer­gen­cia de tradicio­nes heterodo­xas y/o de variaciones individuales, anecdóticas, aleatorias, etcétera. Siempre existe, aun dentro de la propia produc­ción oficial o paraofi­cial, un cierto margen de inde­termi­nación (La patria p. 117-118).

            En las páginas que siguen, intentaré mostrar que en Raza puede fácilmente percibirse algunos desajustes de ese tipo. A la distancia resulta difícil atribuir tales desfasajes al aprovechamiento de los inevitables “márgenes de juego” por parte de algunos de los participantes o a la combinatoria fortuita de espacios donde la operatividad discursiva está marcada por una relativa indeterminación.[7]

 

Polifonías estilísticas

            No hace falta ir más lejos que el registro de los aspectos técnicos para encontrar marcas de una visible diversidad en la película. Un ejemplo es el notorio salto estilístico y cualitativo entre las tomas en plano general de las escenas de guerra, que siguen la estética de uno de los más sofisticados géneros de la propaganda cinematográfica bélica de la época (el “documental reconstruido”). Otro es el montaje de imágenes, usado tanto para mostrar el fragor de la batalla como el estallido glorioso de la victoria. Así lo ha señalado Alberto Prieto-Calixto:

Promovida como el Potemkin del franquismo, Raza es producto de la influencia del cineasta soviético Sergei Eisenstein. La secuencia final del montaje comienza con cañones alineados a la derecha, disparando hacia la izquierda, imagen que recuerda a Potemkin. Luego, una disolvencia magistral convierte la imagen en la sombra de un soldado anónimo que cae muerto hacia el lado izquierdo del encuadre. Esta yuxtaposición estilizada es una de las representaciones de violencia impuesta por los nacionalistas.

            El mismo crítico señala después:

En un puente, los soldados enemigos se abrazan en vez de pelear. En contraste con el montaje dialéctico de Eisenstein, en el que se enfatiza el choque, las "disolvencias" en este caso construyen un espacio monolítico, en el cual se combinan y se unen en un gran desfile victorioso, imágenes del pasado y del presente, además de películas de reportajes; todo ello con el material de ficción: personajes de la historia (donde se incluyen personajes de la literatura como Don Quijote, Sancho Panza y los Churrucas, así como el histórico Franco, cuyo rostro vemos en un gigantesco cartel político).

            Por su parte, Kathleen Vernon sostiene que hay “al menos tres secuencias eisensteinianas en la película”, entre las cuales destaca el fusilamiento de los sacerdotes en la playa (33). El reconocimiento de las enseñanzas de Eisenstein era de hecho una de las bases del cine cruzada de la inmediata posguerra, empezando por el filme que le sirvió de prototipo: Sin novedad en el alcázar (1940), dirigido por el italiano Augusto Genina, de larga experiencia en la glorificación del fascismo mussoliniano. Genina dijo concebir la película como “el Potemkin de la revolución constructiva” (cit. Higginbotham 19), un eslogan utilizado un año más tarde por la revista cinematográfica del régimen, Primer Plano (la misma a la cual el cineasta italiano había hecho originalmente sus declaraciones), para describir a Raza: “el Potemkin del franquismo” (cit. Higginbotham 20). Claro que, dado que la obra completa de Eisenstein estaba prohibida, quizá no muchos lectores supieran qué quería decir Potemkin. En todo caso, el hecho de apelar a tales referencias en la construcción fílmica misma y reconocerlas en el metadiscurso señala de qué manera, en los primeros años del régimen, el diálogo con otros discursos podía acceder a cierta visibilidad –prueba de lo arbitrario y aleatorio que podía ser el complejo sistema de flujos y prohibiciones–.

            Tal vez la disparidad técnica más notoria sea la que instaura la escena del fusilamiento de los sacerdotes, cuya calidad y creatividad están muy alejadas de la mayor parte del film. La escena describe cómo los religiosos del monasterio de San Juan de Dios de Barcelona, tras ser prendidos por la fuerza, son ametrallados por la noche, a la luz de la luna, al borde del mar. Al igual que las escenas de los tanques avanzando a los saltos o el montaje de imágenes en collage del final, la resolución técnica y estética es totalmente distinta a la de las escenas de estudio. En general, la comparación de las escenas de exteriores con las de estudio sugiere, con poco margen de duda, quizá, que las tomas de exteriores no directamente relacionadas a la historia central (y en las que, de hecho, la estrella del filme no aparece), debieron ser hechas por una segunda unidad, bastante distinta de la principal. La práctica de destinar una segunda unidad a la filmación de escenas colaterales (en las que, generalmente, el actor mejor pagado no suele participar), era una práctica común de las superproducciones,[8] ya sistematizada por el cine espectacular italiano de la segunda década, sobre el que los fascistas tanto reflexionaron y al cual tanto aprovecharon.

            En Raza, mientras que los interiores responden a los cánones más simples del melodrama fílmico de la época,[9] las escenas a las que nos referimos dialogan con otras estéticas y estilos: Eisenstein, el documental reconstruido (género desarrollado sobre todo en Inglaterra), o el uso poético del paisaje, como habían hecho, en un sentido similar al de la escena del fusilamiento, directores como Griffith o, más cerca del franquismo, el pre-neorrealismo poético italiano.

            Vernon, por su parte, menciona el cine alemán y compara esta escena con la estética de los documentales de Leni Riefenstahl. Por nuestra parte, creemos que si bien el cine alemán es una referencia fundamental en el entorno franquista, el italiano debía, por diversos motivos (como la proximidad idiomática, la mayor interacción entre ambas sociedades y la mayor simpatía mutua entre los gobiernos), ser aún más importante. En todo caso, en cuanto a la poesía del paisaje tal vez la principal influencia del entorno fuera alemana, sobre todo a través de subgéneros como el “cine de montañas” (en el que la misma Riefenstahl se destacó antes de volverse documentarista oficial), pero la poesía del entorno en la escena que estamos discutiendo tiene poco que ver con la majestuosidad de los espacios abiertos, como la que puede verse en el cine de motivos alpinos, por ejemplo.

            Se ha señalado el “gusto particular del primer franquismo por las puestas en escena en lugares cerrados y cargados de historia” (Cazorla Sánchez 216), lo cual va un poco a contrapelo de las preferencias del cine del Tercer Reich y del fascismo italiano. La secuencia de la playa es una escena de grupo en un espacio abierto, pero tanto por la iluminación y el tratamiento del entorno paisajístico como por el encuadre de las tomas y el montaje resulta de una poesía casi intimista, lo cual la distingue claramente del énfasis en las multitudes desplegadas en espacios abiertos bien iluminados, que había sido un lugar común de los filmes de ficción propagandística de los años veinte, tanto alemanes y italianos como soviéticos. El claro de luna, los reflejos marinos y las sombras sobre la arena están mucho más cerca del lirismo de artistas como Robert Flaherty. Aunque la película más conocida de Flaherty fue siempre Nanook, el esquimal, la escena de la playa recuerda más bien a su otro título clásico: Taboo (1931), dirigida en colaboración con el alemán Friedrich Wilhelm Murnau, que antes había hecho algunos de los más célebres filmes expresionistas. En Taboo, el clima opresivo de algunas secuencias nocturnas se vincula al fatalismo del asunto (la inevitable condena del trasgresor del tabú). La angustiante intensidad de la escena del fusilamiento en Raza es muy similar.

            Juan Fernández Mayoralas discute la versión original de la película y contextualiza sus aspectos plásticos y cinematográficos en estos términos:

Indudablemente, hay en la película algunas referencias pictóricas, y algunas no son nada inocentes. Quizás la más interesante para el historiador sea la escena de la ejecución de los frailes al borde del mar: es una especie de inversión iconográfica de una pintura emblemática del liberalismo español,  “El fusilamiento de Torrijos y sus compañeros”, de Antonio Gisbert.[10]

            El cuadro de Gisbert es una referencia muy notoria en términos conceptuales y de motivo. El hecho representado es el fusilamiento de un grupo de liberales que defendieron la Constitución de Cádiz y a los que la Primera República consagró como héroes y mártires. La composición se ubica en una playa y concede una importancia particular a las figuras de los sacerdotes presentes. La cita pictórica es pues bastante evidente, pero ello no hace sino volver más notorios e importantes los problemas que plantea esta reescritura de esta imagen histórica muy conocida. En el bando “nacional”, la muerte de los sacerdotes fue uno de los hechos invocados de manera más frecuente e intensa –y probablemente, también, más eficaz– para reclamar o justificar una retribución taliónica de la violencia. Así lo pidieron las voces más cercanas dentro de la propia Iglesia: “son las bocas de los sacerdotes asesinados las que se abrirán para morder a los asesinos”, dijo el cardenal primado Gomá en una alocución hecha el 28 de mayo de 1938 en Budapest (cit. Sueiro y Díaz Nosty I, 66). Sin embargo, aplicando esa misma lógica podría decirse que el fusilamiento de los eclesiásticos es reclamado por los mártires liberales, en cuya muerte, de acuerdo a una lectura posible del cuadro de Gisbert, los sacerdotes tuvieron una participación cómplice. A ello hay que agregar que la ejecución del grupo de Torrijos es famoso también por el mandato real que lo dispuso, en el cual Fernando VII escribió de puño y letra: “Que los fusilen a todos. Yo, el rey”. Algo que no puede sino traer a la memoria el deseo personal de Franco de firmar personalmente las órdenes de fusilamiento, costumbre que mantuvo hasta el final.

 

 

 Es posible que la imagen no se vea en algunos navegadores

E Antonio Gisbert, El fusilamiento de Torrijos y sus compañeros (1888).

Óleo sobre lienzo, 390 x 600 cm. Madrid, Museo del Prado.


            Por otra parte, la claridad y rigidez compositivas del cuadro de Gisbert responden a los modelos del arte pedagógico de la Ilustración, tal como ellos pasaron a la pintura de género de la segunda mitad del siglo XIX, donde el utillaje y los matices “románticos” sirvieron para perfeccionar la herencia neoclásica.
El fusilamiento de Torrijos y sus compañeros es un excelente ejemplo de esto, como demuestra una comparación de los cadáveres del primer plano con los de Napoleón en Eylau de Gros (1808), de similar valor compositivo pero cuya resolución tanto en el plano específicamente pictórico como en el ideológico resulta más intensa y mucho más compleja. En este sentido, la plana y literal obra de Gisbert guarda muy poca relación, si es que alguna, con su equivalente en Raza.

 

 

            En realidad, la alusión bastante notoria al cuadro de Gisbert debe combinarse con otra, no menos significativa, en la medida que se vincula a un recurso comunicacional que el totalitarismo del siglo XX no inventó pero sí perfeccionó y practicó sistemáticamente: producir un relato de ciertos sucesos que reproduce de manera relativamente fiel algunos elementos pero modifica aspectos claves, invirtiendo así las relaciones causales −y las responsabilidades− de los acontecimientos. Este procedimiento ha sido denunciado por diversos artistas, desde Tolstoi en Guerra y paz a Orwell en 1984. En Raza, es posible suponer tal reciclaje invertido de la información en la relación que la escena del fusilamiento guarda con hechos como el siguiente. Se cree que diez prisioneros trasladados en noviembre de 1936 del campo de concentración de Las Palmas de Gran Canaria a Galicia (dos lugares estrechamente vinculados al propio Franco, por cierto), fueron sentados en un muro de contención de un puerto gallego no determinado y “tiroteados por la espalda, cayendo sus cadáveres al río” (carta testimonial recogida en Sueiro y Díaz Nosty I, 299). No sabemos si tal episodio, de ser cierto, estuvo presente en la escritura de Raza, pero en todo caso este tipo de sucesos no fueron aislados y existía un conocimiento extendido de ellos, así fuera en forma de rumores. Una visión cinematográfica muy conocida de este tipo de cosas es el fusilamiento del soldado inglés que combate junto a los milicianos en Paisà (1946), de Rossellini, sobre el que se hablará más adelante.[11]

            Lamentablemente, como señalé más arriba, no he podido acceder a la versión original de Raza, por lo que me limito a estudiar la secuencia tal como aparece en la versión de 1950, donde las principales referencias estéticas de la escena no parecen ser Eisenstein, Riefenstahl, Gisbert o Welles. El plano general de los bultos negros contra el cielo con luna a la orilla del mar (bultos que van cayendo y de los que por un momento quedan dos en pie, para caer enseguida también), parece provenir de una tradición distinta –en todo caso, una muy distinta de la que parece dominar en las escenas filmadas en estudio.

            Kathleen Vernon ha observado que el lirismo de la escena genera una tensión con el pretendido mensaje de la misma:

The lyricism of the sequence, in which the sounds of a deep-voiced religious chant accompany a striking tableau of images of the monks’ procession to the Mediterranean shore, their grateful stylized fall before machine gun fire and the final shot of waves washing over their bodies, in effect undercuts the scene’s intended message regarding the brutality of Republican war crimes. (33)

            La autora no desarrolla esta idea, pero es significativo que, incluso dentro de una lectura del filme que parte del sobreentendido de la unidad del mismo, se vea obligada a reconocer la importancia de lo que, desde su punto de vista, tal vez habría que describir como interferencias poéticas en un mensaje esencialmente prosaico.

            Para evaluar el alcance estético de la secuencia de la playa conviene compararla, además de con los casos antes señalados, con otras escenas de fusilamiento en el cine de los años 40, especialmente aquellas pertenecientes a ejemplos del cine político. Quizás las más famosas o influyentes sean las que filmó Rossellini en sus dos más conocidos filmes neorrealistas de la inmediata posguerra: Roma città aperta (1945) y Paisà (1946).[12] En la primera se trata, justamente, del fusilamiento de un sacerdote, muerto en este caso por los alemanes durante la ocupación de Roma. La ejecución es presentada con una crudeza típicamente neorrealista. El de Paisà se produce, como el de Raza, al borde del agua, solo que esta vez en vez de quedar sobre la arena, a orilla del mar, los cuerpos caen al lago y desaparecen, diferencia que también es significativa: las posibilidades expresivas de la imagen de un cadáver movido por las ondas (que el cine posterior explotaría muchas veces, sobre todo a propósito de náufragos y de soldados muertos en un desembarco), son anuladas por la desaparición inmediata del cuerpo, produciendo un efecto que nos parece propio del neorrealismo más extremo.

            El tono poético de la escena de Raza puede resumirse bastante bien en un detalle: la imagen de los pies de los sacerdotes dejando huellas fugaces sobre la arena, en su camino al lugar del fusilamiento. La arena es símbolo del paso del tiempo (como en los relojes de arena, por ejemplo), pero sobre todo de la condición ínfima del individuo, que, en la línea del vanitas mundi cristiano constituye un rechazo firme del materialismo, algo que el fascismo –falangismo incluido– presentaba como un rasgo común a lo “burgués” y lo “rojo”. El materialismo es descrito en Raza sobre todo a través de las figuras de los milicianos, Pedro y el tío de Luis, y la visión negativa que se ofrece de él ellos está presente desde un principio, en las palabras que el relato dirige a sus lectores antes del comienzo de la trama: la familia Churruca es presentada como una de las “que han resistido los más duros embates del materialismo” (Andrade 7). Sin embargo, esto no alcanza a explicar el hecho de que, como dijo Vernon, el lirismo de la escena afecta a la brutalidad que la misma pretende representar. La secuencia, tanto en lo técnico y estilístico como en lo conceptual, resiste a una lectura monolítica de la película como expresión unívoca de un subtexto preciso a cuya expresión o transmisión todos los recursos expresivos están subordinados.

            Los problemas de interpretación que plantea la resolución técnica de la escena se multiplican cuando acudimos a ver la forma en que la misma aparece en el texto atribuido a Franco. El lirismo de la escena de la playa, que Vernon describe tan bien, no fue un agregado del equipo de filmación, sino una continuación del tono con que la escena está narrada en el relato original: “sobre el horizonte, las siluetas de los frailes se alargan hacia la altura, nimbada por los resplandores de la luna” (Andrade 121). La imagen es similar a la de las huellas sobre la arena (que no figura en el relato original). La figura de las siluetas alargadas a la luz de la luna recuerda de manera bastante notoria a las figuras del Greco, que había sido aludido ya, indirectamente, cuando José comenta que, junto a santos, literatos, sabios y caballeros, también “los maravillosos pintores” contribuyeron a hacer de Toledo “el centro de la Historia de España” (69).[13] La alusión contribuye, en la escena del fusilamiento, a idealizar la imagen de los religiosos, descritos como los santos del Greco: “serenos y con la vista en alto esperan el sublime sacrificio” (121). La peculiaridad de la secuencia no se limita pues a la película, en cuyo caso la tesis de una segunda unidad de filmación, llevada al extremo, quizá podría explicarla.

 

Margen de juego conceptual

            Tal vez la mayor marca de polifonía (¿inevitable?) es la figura de Pedro, el hermano del héroe, según es presentada en las primeras dos partes del texto original y en la primera mitad de la película (es decir, antes de aparecer participando activamente en el gobierno de la República durante la guerra). El texto de Raza parece enfrentarse aquí al viejo problema que ya se planteara Dostoievsky al escribir Los hermanos Karamazov: cómo dibujar la figura del adversario ideológico con veracidad y al tiempo asegurarse que, en la exposición de la discusión, la razón recaiga netamente sobre el personaje que sostiene la ideología del autor. Hablar de “veracidad” o de cuidado en la expresión de la figura del adversario puede sorprender, tratándose de Raza. Es difícil, sin embargo, explicar de otro modo un parlamento como el siguiente, en el que Pedro comenta la conferencia “sobre nuestra acción en Marruecos; un estudio objetivo” que su profesor acaba de pronunciar en el Ateneo (61):

PEDRO (Contrariado.).–Toda obra de Gobierno puede sujetarse a análisis. Y muchos piensan como él: que una nación que abandona un Imperio no tiene derecho a lanzar a sus hijos a una quijotesca aventura para conquistar arenas y peñascales. (Con énfasis.) Las madres españolas tienen derecho a que se emplee mejor la sangre de sus hijos. (61)

            Pedro está utilizando figuras caras al franquismo, como el mecanismo especular de la relación madre-hijo en la esfera familiar y la nacional, o lo de quijotesco que hay en la imagen “caballeresca” y “española” del honor.[14] Su afirmación sobre las aspiraciones españolas en el norte de África no podía sino sonar sensata a muchos españoles, incluso entre los nacionales. El tema era muy caro a Franco, que en parte por su relación personal con Marruecos insistía en ponerlo al tope de la agenda en sus discusiones con Alemania sobre la entrada en la guerra.[15] La dificultad de encontrar algo que oponer a tales dichos resulta bastante obvia: el Almirante Pardo, el mejor amigo del padre de Pedro, no esgrime otros argumentos que los de presentar a la metrópolis como mártir: “¡Vamos! ¡Que la víctima fue España!” (61) y poner por delante la pasada grandeza imperial:[16] “[...] Enfermedades, sacrificios, errores, sí, todo se superaba; pero no había detrás una España que los difamara. ¿Comprendes por qué a su lado me parecéis enanos?” (62). En la película, tal enfrentamiento de visiones es trasladado a una discusión entre José y Pedro (una de las escasísimas escenas del filme no existentes en el texto original). Pedro fundamenta su posición y se muestra “objetivo”, mientras que José actúa de manera descontrolada y no rebate ninguno de los argumentos de su hermano, invocando un ideal que, aparentemente, no necesita mayores explicaciones.

            La renuncia a entrar en un intercambio de argumentos es presentado pues como heroísmo, pero, como vemos en el parlamento de Pedro, algunos de las posiciones del otro bando pueden llegar a manifestarse con cierta veracidad. El discurso de Pedro, aunque sumario, no es objeto del mismo tratamiento que reciben otros republicanos. Después de todo, Pedro es un Churruca. Como le dice la muchacha que pasa información a los nacionales: “usted no puede ser igual a sea canalla” (177). De hecho, en la figura de Pedro, Franco está re-escribiendo la de su propio hermano, Ramón, quien “por su conducta política hasta 1936, hubiera podido ser fusilado por los ‘nacionales’ de haber tenido otro apellido” (Cazorla Sánchez 202).[17] Raza marca con claridad la línea entre la masa analfabeta, cobarde y rapaz de la “canalla” republicana, aliada a lo peor del “hampa europea” (como solía decir la propaganda nacional), y los “caballeros” y personas de “sangre” distinguida, exponentes, en definitiva, de la raza, que por error o momentánea debilidad, como el dentista que ayuda a José a “pasar” al otro lado (127-29), se han puesto del lado de los republicanos. A diferencia de los milicianos, animalizados por el relato y cuya eliminación el régimen parecía ver como una cuestión de salud pública, Pedro representa una desviación corregible. De todos modos, la película resuelve su situación (y evita así precisar una respuesta a la cuestión, demasiado evidente, de cómo juzgar a los “pasados” a último momento), mediante su muerte.

Final

            Quiero terminar mencionado un último ejemplo de contradicción o imprecisión aparente. Se trata tal vez del menos comprensible, y quizás el único que hasta la fecha nadie parece haber remarcado, tal vez porque refiere a uno de los registros menos atendidos en la crítica e historiografía cinematográficas: el de los estilos de actuación. En un contexto que está sumamente codificado de acuerdo a los patrones del cine de género, sorprende la actuación de Ana Mariscal (Marisol), en algunos momentos de la película, totalmente contraria a lo que estipulan las reglas estilísticas del melodrama cinematográfico, a que tan supinamente se ajustan los demás intérpretes.

            La figura de la mujer pura, abnegada y valerosa, tipo de los más convencionales y fijados en la narrativa melodramática, como se ve por ejemplo en la protagonista de Amalia de José Mármol (otra heroína que recoge en su casa al héroe herido por un “vulgo” vuelto gobierno), suele determinar un registro actoral sumamente codificado, que el espectador reconoce fácilmente y que concede al actor un margen de variación o “talento individual” muy reducido. Sin embargo, en la escena en que Isabel Churruca se va con Luis luego de la boda, la expresión de Mariscal rompe con tal modelo, acercándose mucho más, de hecho, al de otra figura-tipo, no menos codificada y reconocible: la mujer de doble cara, peligrosa, que en el melodrama bélico refiere casi sin excepciones a una espía, y cuyo más conocido ejemplo es quizá el de Greta Garbo en Mata Hari (1932).

            ¿Cómo entender esta contradicción? Ella es probablemente la más extraña de todas. Y es también aquella sobre la cual es más difícil aventurar hipótesis. Su resistencia al simple esclarecimiento es un ejemplo particularmente útil para concluir este trabajo, en la medida que el objetivo del mismo es señalar que por más simpleza y voluntarismo –u obsesión– que pueda atribuirse a una ficción propagandística totalitaria, el efecto significante de la misma estará siempre lejos de poder resumirse a una línea única, clara y distinta. Lo particularmente subjetivo y opinable que suele ser el análisis de una práctica actoral, uno de los registros más elusivos a la interpretación codificante, sirve pues de ejemplo particularmente apropiado, con el que cerrar este ejercicio, destinado a mostrar que las respuestas simples dadas a una ficción, por más simple y tramposa que esta pueda son, también ellas, siempre tramposas. Raza, El espíritu de Raza y la oscura sinfonía de significaciones a ellas asociadas seguirá, de momento al menos, sonando incomprensiblemente. Como el propio franquismo, quizá.

 

 

 

Notas


[1] Sáenz de Heredia dio su versión sobre el origen de la película en una entrevista con Antonio Castro, recogida en el libro de este, El cine español en el banquillo (cit. parcialmente en Besas 21-22). En cuanto a la relación entre Franco y el cine, esta precede a Raza: el dictador ya había participado, como actor, en La malcasada (1926), largometraje de ficción dirigido por Francisco Gómez Hidalgo, donde aparece representándose a sí mismo, al igual que lo hacen los generales golpistas Millan Astray y José Sanjurjo (Sanjurjo Toucón).

[2] Uno de los principales estudiosos del cine español, Román Gubern, ha escrito un ensayo sobre el filme: Raza: un ensueño del general Franco (Madrid: Ediciones 99, 1977), que a la fecha de redacción de este texto todavía no había llegado a nuestras manos y que, por lo demás, no aborda las cuestiones de las que trata este artículo.

[3] Según Higginbotham (20-21), la versión de 1950 incluyó nueva banda sonora y revisiones en los diálogos, además de un mayor alcance en su cobertura del pasado histórico, puesto que, según la autora, inicialmente la película se centraba mucho más en la vida del héroe, José Churruca. La duración fue sin embargo reducida en la segunda versión: de 105' 10" a 99' 28" (Fernández Mayoralas). El anónimo autor de la “Lista de Cine Bélico” español, en un sitio de internet de aparente tendencia pro-franquista, dice que “Raza fue censurada en los años 50 y reformada para agradar a los americanos de Bienvenido Mr. Marshall... y se quitaron 20 minutos de filmación cambiando el título a "El espíritu de la raza"... todas las escenas brazo en alto se eliminaron” (Lista).

[4] Como observa Peter Besas, si bien difícilmente Franco haya sido realmente el autor del guión (cuesta creer, dice Besas, que haya empleado buena parte de su tiempo en componer un relato), el militar seguramente propuso al menos algunas de las ideas; en todo caso, la película es la primera participación directa del gobierno en la producción fílmica y tiene “todo lo que Franco podía desear que tuviera” (19). Por lo demás, el guión fue escrito en el invierno 1940-41 (Cazorla Sánchez 202), en el momento en que el control de la radio y el cine se concentra directa o indirectamente en el vicesecretario de Educación popular, siendo que el cine había sido hasta la fecha considerado como una industria y administrado en parte por el ministro de Industria y Comercio (Barrachina 209). La importancia concedida por el primer franquismo al cine no puede ser sobrevaluada: en 1947, sólo Estados Unidos tenía un mayor número de plazas cinematográficas per capita que España (Carr y Fusi 119).

[5] El problema de la unidad textual en términos estrictamente empíricos es, como han insistido recientemente investigadores como Roger Chartier, piedra angular de la comprensión del fenómeno literario y afecta a la base de las disciplinas metaliterarias. El más elemental repaso a la historia reciente de las “ediciones críticas” muestra que no se trata solo de una ‘consecuencia’ o ‘corrección’ sino de un punto de partida, que debería, en tanto tal, afectar de manera general nuestra práctica profesional: si la fijación de un texto único que asume una posición jerárquica u opera como grado cero con respecto a las “variantes” –más o menos subsidiarias– que del mismo se ofrece en el “aparato crítico” debe sustituirse, como propone una de las prácticas recientes, por la edición en paralelo de las diferentes versiones de un texto (algo que en determinados casos, como el del Hamlet, ha resultado para muchos la mejor solución), entonces nuestro trabajo con “el texto” no debe ser simplemente objeto de correcciones sino, en el mejor de los casos, de una reelaboración epistemológica que acomode la práctica interpretativa a la (¿nueva?) naturaleza de la textualidad ‘interpretada’.

[6] La expresión “factores pretextuales” es una forma cómoda de referirse a los subtextos y a los condicionamientos e influencias directos que en forma de textualidades pre-existentes a la textualidad en cuestión influyen de manera específica en la producción de esta última. Contribuir “de manera específica” quiere decir, por su parte, que tal influencia es de pertinencia específica en los registros más importantes o pertinentes en cada caso (en el caso del cine, los registros de lo verbal, lo audiovisual y lo conceptual, por ejemplo, son más pertinentes que el de lo corporal, lo presencial o lo interactivo, más relevantes en cambio en el teatro), y/o en lo que hace a la producción textual concreta (en este caso, aquellos subtextos y contextos específicos a Raza, al cine franquista, etcétera).

[7] La carrera del director José Luis Sáenz de Heredia es, en sí misma, bastante difícil de resumir en un simple trazo. Antes de llegar a dirigir, tenía como principal acreditación la de haber sido colaborador de Buñuel. Su elección como director de Raza suele considerarse como el momento en que el régimen hace de él lo más parecido a un “director oficial” que haya tenido, pero la película de 1941 no constituye la primera vez que el gobierno “nacional” lo distingue: ya en 1939 el cineasta había dirigido un importante filme oficial: ¡PRESENTE!, mediometraje de 20 minutos dedicado al muy publicitado y solemne traslado de los restos de José Antonio Primo de Rivera (a quien durante la guerra los falangistas llamaban “el ausente”), desde Alicante al Monasterio de El Escorial (Lista). Al año siguiente del estreno de Raza dirigió un filme que hizo honor a su título: El escándalo (1943), “la primera película española de posguerra en mostrar un caso de adulterio, en este caso entre un libertino y una mujer casada”, que solo pudo hacerse por el prestigio de su director y, en menor medida, por basarse en una obra de Alarcón  (Besas 22). Finalmente, la película sería incluso premiada indirectamente por la vía de la subvención económica a su director (Besas 31n). Sáenz de Heredia dirigirá también dos de las principales películas que marcan, en 1947, una incipiente, tibia expresión de conciencia social en el cine del franquismo: Mariona Rebull, ambientada en la Cataluña industrial de principios de siglo y Las aguas bajan negras, donde se expone el conflicto entre la Asturias campesina y la nueva Asturias minera (García Jiménez 151), antes de volver sobre la vida del jefe de estado español, esta vez explícitamente, en un documental producido en el marco de los festejos del 25º aniversario de la victoria: Franco, ese hombre (1964), un film en pantalla ancha que suele describirse como un panegírico de estética cuasifacista (García Jiménez 400).

[8] Sobre el carácter de superproducción de Raza v. Vernon 27.

[9] Sobre la dependencia de Raza con respecto a géneros cinematográficos como el melodrama y el filme de guerra v. Monteverde y Selva.

[10] El crítico agrega, a continuación: “Pero, a nuestro juicio, lo más sorprendente es sin duda la aplicación a la película de una serie de innovaciones que el año anterior había puesto en práctica Orson Welles en su obra maestra, “Citizen Kane”. Este hecho inesperado, que quizás no haya sido posible ver en las versiones conocidas hasta hace poco, debido a los cortes de la autocensura, demuestra la influencia que, pese a las protestas retóricas, ejercía el cine norteamericano sobre los cineastas fascistas.”

[11] Por lo demás, el reciclaje de materiales previos era una práctica corriente, como muestra el uso por Raza del filme italiano Carmen fra i rossi (Frente de Madrid, 1939, dir. por Edgar Neville), cuya protagonista, como un personaje de Raza (“La Muchacha”, según se la llama en el “anecdotario”), es una espía que trabaja de cerillera en un cabaret frecuentado por republicanos y anarquistas y que pasa información al bando nacional, hasta ser descubierta (Ripoll).

[12] Aunque el primero de ellos entró en valija diplomática a España en 1950 (año del reestreno de Raza), y fue vista por un pequeño grupo de aficionados (Higginbotham 26), no tenemos noticia de que el filme haya influido en la nueva versión del de Sáenz Heredia, y las posibilidades de que ello haya ocurrido nos parecen escasas.

[13] La segunda parte del “Anecdotario para el guión de una película” incluye un paseo por Toledo, adonde Isabel e Isabelita acuden con motivo de la graduación de José como oficial. José, que según Luis ha vivido “más las piedras que los libros” (Andrade 66), explica a los tres la vinculación de cada edificio a lo que él considera la historia medular de España.

[14] Cabe recordar que José, pocas páginas más tarde, se declara “amigo de Cervantes”, al que ha difundido entre sus compañeros, a costa de su “asignación de una semana” y de un arresto. Luis comenta el hecho a Isabel e Isabelita: “¿Ven ustedes cuánta locura? Podría haber obtenido los primeros puestos por su capacidad y su gran simpatía con los profesores, y todo lo sacrificó a estas cosas” (Andrade 67). El texto parece reclamar para sí la propia “locura” heroica y quijotesca, asociada a Cervantes –aunque se trate en este caso de “su Ilustre Fregona”, por tratarse del texto que Cervantes escribió en Toledo, donde se produce el hecho–. En la guerra civil, sin embargo, a diferencia de la quijotesca y “desigual batalla” que emprende la flota española en La Habana (53), los hidalgos han vencido y la quimera del retorno al pasado heroico se ha impuesto como realidad.

[15] Los contactos diplomáticos entre los dos integrantes europeos del eje y España acerca de la entrada de esta última en la guerra es uno de los varios aspectos todavía oscuros de la evolución histórica del franquismo, pero según parece las reivindicaciones españolas sobre el norte africano (en especial la franja costera Tánger-Orán), a expensas de territorios coloniales franceses, fue uno de los principales obstáculos para la entrada de España en la guerra entre mediados de 1940 y fines de 1941 (el momento en que Raza habría sido escrita). Las tropas españolas ocupan la zona internacional de Tánger en junio de 1940, y Franco parece haber insistido largamente, en su entrevista personal con Hitler, sobre los supuestos derechos históricos de España a controlar esa región, pero el líder alemán se niega a hacer ninguna promesa, tal vez para no afectar su pacto con Pétain. Cuando Alemania ponga fin al régimen de Vichy, Franco ya habrá tomado distancias y regresado de su posición de “no beligerancia” a la inicial “neutralidad” (cambio comunicado oficialmente el 1º de octubre de 1943).

[16] Sobre la “nostalgia imperial” en el cine del primer franquismo v. Tolentino.

[17] Una reformulación similar experimenta la figura del padre (cf. Payne 402). Sobre este tema existe asimismo un estudio al que no hemos podido acceder: Pelegrín, Benito. “Au nom du père: Le film Raza du Géneral Franco”, (L’Autobiographie en Espagne. Aix-en-Provence: Univ. de Provence, 1982. 295-321). La forma en que el texto re-escribe la biografía de Franco es uno de los principales tópicos de la crítica sobre Raza. Un caso que hasta donde sabemos ha pasado inadvertido es la combinación de distintos elementos en la supervivencia de José al fusilamiento. El episodio suele verse como una reformulación de un hecho ocurrido al propio Franco, lo cual es cierto. Pero tal reformulación combina la biografía de Franco con un episodio ajeno a ella, pero verídico (lo cual quizá sea el procedimiento más frecuentemente usado en el relato para reformular el material histórico). La combinación permite otorgar al suceso histórico un más alto o notable valor trascendental y a la vez dotar al caso singular de un alcance colectivo. El incidente de Franco ocurrió en Marruecos, durante la batalla de Biutz (1916), cuando fue dado por muerto pero se recobró increíblemente de sus heridas. En Raza, tal “milagro” es referido a través de un suceso diferente. El 22 de agosto de 1936, varios presos de la cárcel modelo de Madrid fueron pasados por las armas. Entre ellos se encontraba Fernando Monguió Becher, de 19 años y que había sido guardia de vigilancia en el mitin fundacional de la Falange Española. En los primeros días de la rebelión militar en julio del 36 fue detenido por la Guardia de Asalto en Madrid. Monguió, de padre catalán y madre austríaca, pasó más de un mes en la prisión madrileña a la espera de los acontecimientos de la Guerra Civil, como José Churruca. Al ser fusilado, recibió siete impactos en brazos y piernas. Al oficial que efectuaba los tiros de gracia se le encasquillo la pistola, y Monguió quedó agonizante, bajo varios cadáveres. Pocas horas después, su madre solicitó su cadáver, argumentando la doble nacionalidad de la familia. Monguió seguía vivo y se restableció de las heridas. (Tomamos el relato de los hechos de un testimonio publicado en 1998 en el Diario de Cádiz [“Crónicas”]). Sáenz de Heredia conocía el caso, pues era amigo del “fusilado”, pero no fue él quien ideó la anécdota, que figura ya en el “anecdotario”, de la misma forma que aparece en la película.


Bibliografía

 

Andrade, Jaime de [seud. de Francisco Franco]. Raza. Anecdotario para el guión de una película. Madrid: Numancia, 1942.

Barrachina, Marie-Aline. Propagande et culture dans l’Espagne franquiste, 1936-1945. Grenoble, Université Stendhal. 1998.

Besas, Peter. Behind the Spanish Lens: Spanish Cinema under Fascism and Democracy. Denver: Arden Press, 1985.

Carr, Raymond y Fusi, Juan Pablo. Spain. Dictatorship to Democracy. Londres: Hunwin Hyman, 1981.

Cazorla Sánchez, Antonio. Las políticas de la victoria. La consolidación del Nuevo Estado franquista (1938-1953). Madrid: Marcial Pons, 2000.

“Cronicas de un antiguo soldado” Diario de Cádiz (1/11/1998). http://www.mbytesl.com/ victoria/ Consultado en mayo de 2002.

Elorza, Antonio. ¡Viva la República! www.arrakis.es/~trazeg/republica.html Actualizado el 13/4/2001.

Fernández Cuenca, Carlos. La guerra de España y el cine. Madrid: Editora Nacional, 1972.

Fernández Mayoralas, Juan. “Raza y Espíritu de una raza. Del fascismo al anticomunismo: la evolución del primer franquismo a través del cine”. Educación y Medios 5 (septiembre-diciembre 1997). Reproducido parcialmente en  http:// www.arrakis.es/~apuma/eym5.htm#Raza. Consultado en mayo 2002.

Franco, Francisco. V. Andrade, J.

García Jiménez, Jesús. Radiotelevisión y política cultural en el franquismo. Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1980.

Gruegel, Jean y Rees, Tom. Franco’s Spain. Londres: Arnold, 1997.

Haro Tecglen, Eduardo. “Así éramos en los años Cuarenta” EL PAÍS Semanal, 5/6/1994. http://www.vespito.net/historia/franco/40sft.html

Higginbotham, Virginia. Spanish Film under Franco. Austin: University of Texas, 1988.

Irigoyen, Emilio. “El imperio de los gestos. Poder y representación en un contexto pre-republicano” Sociedad y cultura en el Montevideo colonial. Ed. por Luis Ernesto Behares y Oribe Cures. Montevideo: Universidad de la República, 1997. 295-306.

----. La patria en escena. Estética y autoritarismo en Uruguay. Montevideo: Trilce, 2000.

Lista de cine bélico. VIDEOTECA: POR ORDEN CRONOLOGICO. Sin indicación de autor. http://web.jet.es/altor/lista.html. Consultado en mayo 2002.

López García, Guillermo. “¿Cuál era el objetivo de ‘Raza’ (1941)?” http://www. clubestudiant.com/encadenados/7_encadenados/recordar.htm Consultado 27/4/ 02.

Monteverde, José y Selva, Marta. “Le film historique franquiste”. Cahiers de la Cinematèque 38/39 (1984), 64-78.

Payne, Stanley G. The Franco Regime 1936-1975. Madison: University of Wisconsin, 1987.

Prieto-Calixto, Alberto. Raza (1941). http://fox.rollins.edu/~apcalixto/syllabus341/raza1. htm. Consulutado en mayo 2002.

Ripoll, Xavier. Los milicianos en el cine. http://www.xtec.es/~xripoll/milician.htm Consultado 10/5/02.

Sanjurjo Toucón, Alvaro. “Fidel Castro, de extra a astro”. Guambia 314. http://www.guambia.com.uy/NUMEROS/N314/FIDEL.HTM Consultado 14/5/2002.

Sueiro, Daniel y Díaz Nosty, Bernardo. Historia del franquismo. Madrid: Sedmay, 1978.

Tolentino, Roland B. “Nations, Nationalisms, and Los últimos de Filipinas: An Imperialist Desire for Colonialist Nostalgia”. Refiguring Spain. Cinema / Media / Representation. Editado por Marsha Kinder. Durham: Duke University, 1997. 132-153.

Vernon, Kathlenn. “Revieweing th Spanish Civil War: Franco’s Film Raza”. Film and History 16 (1986) 26-34.

 

___________________________________________

 

 

Counter